Natillas de plátano y boniato.

Natillas de plátano y boniato.

En este momento difícil e incierto que nos está tocando vivir las cocinas se han convertido en un refugio. En las redes sociales ves fotografías de personas que entretienen a los niños cocinando, de recetas que muchas veces desechamos porque requieren demasiado tiempo en su elaboración, de personas que cocinan por primera vez, recetas tradicionales recuperadas, recetas para hacer frente a la falta de algún ingrediente y así retrasar un poco el momento de ir a hacer la compra… Entonces, cocinamos más y quemamos menos, porque nuestra actividad física se ha reducido considerablemente (por mucho que haga ejercicio en casa os aseguro que no puedo igualar la intensidad de un día cualquiera en mi vida normal).

Después de esta reflexión me he puesto manos a la masa y he empezado a hacer una serie de recetas fáciles, ligeras y sanas, sin azúcar, sin mantequilla y con harinas integrales, que nos permitirán darnos dulces caprichos sin remordimientos.

La primera receta es de natillas de plátano y boniato. Os recomiendo que batáis los ingredientes justo en el momento de consumir porque el plátano se oxida. Otra opción sería añadirle un chorro de limón antes de batir el plátano y el boniato.

Mucha salud y muchos ánimos.

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Batido de sandía y mango

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Nada más salir del trabajo el calor le golpeó con una intensidad abrumadora. ¡Qué calor tan insoportable! Se desabrochó el cuello de la camisa y empezó a andar hacia la entrada del metro. El sudor le perlaba la frente y el escaso aire que corría era caliente y asfixiante. Odiaba ese calor húmedo del que parecía que no había escapatoria. En el metro por suerte se pudo refrescar con el aire acondicionado pero al llegar a su destino y salir a la calle el bochorno se había intensificado.

Echó a andar evitando el sol pero ni en la sombra era capaz de refrescarse. El calor le abrazaba, le sofocaba, le agobiaba. El aire era tan caliente que le costaba respirar. Al cruzar la calle parecía que  los zapatos se pegaban al  asfalto.

“No será posible”-pensó-“no puede ser…”. Pero la duda ya se había instalado en su interior.

Cuanto más se acercaba a su destino más intenso era el calor. Se le secaron los labios, la boca. De los árboles colgaban las hojas mustias, marchitas sin que ni una brisa leve las acariciara. No se veía a nadie por la calle y no era de extrañar. Gotas de sudor resbalaban por su cuerpo. Al llegar al portal de su domicilio ya no le cupo la menor duda, el calor era insoportable, parecía que irradiaba de su edificio. Mientras subía en el ascensor un dolor pulsátil se le instalo en la cabeza. Se mareaba, le costaba enfocar la mirada. Con un último esfuerzo consiguió abrir la puerta de su casa y le recibió una vaharada de aire ardiente. Como pudo, al límite de sus fuerzas fue arrastrándose por el pasillo en dirección a la cocina y al llegar consiguió susurrar:

-¡Gisela! ¡Haz el favor de apagar el horno o nos vas a cocer a todos!

Jejeje, quizás he exagerado un poco pero se parece mucho a la sensación que provoca entrar en mi cocina. Así que he decidido apagar oficialmente el horno hasta septiembre. A partir de ahora solo recetas frías.

Después de que a mi marido le diera un síncope al entrar en casa le preparé un delicioso batido para refrescarnos y nos lo tomamos tranquilamente en nuestro mini balcón. Entre la bebida fría y el ventilador dándome en el cogote, por unos minutos, pude olvidarme del horrible bochorno que sufrimos en mi ciudad.

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